• Peter Rosales

Perdido en Tokyo


Era mi último día en Osaka, uno de los principales lugares que tenía que visitar antes de partir era el Castillo de Osaka, un lugar realmente impresionante por su arquitectura interior y exterior, sus patios exteriores y jardines.

Tuve días muy soleados en Kioto y Nara, pero Osaka me recibio con lluvia, mientras caminaba por sus jardines y esperaba que pasara, pensaba en lo afortunado que era de estar en un lugar tan hermoso, todos los destinos y experiencias anteriores me habían dado esa fortaleza mental, sentía que si había llegado solo a Japón, podría llegar adonde me lo propusiera, fue una sensación muy intensa la que sentí mientras observaba el castillo y a las miles de personas que pasaban a mi alrededor.

Horas después, ya con mis mochilas en la espalda y mientras caminaba a la estación de bus, decidí llamar a casa (algo que no había hecho en todo mi viaje) y hablé con mi mamá, escuchar su voz después de tantos meses fue algo que aún hoy me emociona.

Sentado en el bus, alisté mis cosas para el viaje a Tokio (no pude ir en el tren bala ya que era demasiado caro para mí). Japón es uno de los países más caros que haya visitado, así que cada dólar sería bien apreciado.

Luego de 9 horas de viaje, por fin llegué a la capital japonesa, nuevamente me encontraba totalmente perdido en la estación sin saber qué tren tomar, eso, lejos de asustarme, me hacía feliz, el hecho estar en un lugar nuevo, totalmente desconocido, es una de las cosas que más me emociona al viajar.

No me hospedé en Tokio ya que no encontré un hospedaje de acuerdo a mi bolsillo, así que me alojé en un distrito cercano llamado Asakusa, mientras caminaba en busca de alojamiento me sorprendia el orden de esta gran ciudad y en general de todo Japón.

En Tokio no estaría solo o al menos un día, allí me encontraría con una amiga que conocí en Australia, fue estupendo poder contactarme con ella y tener de guía a alguien que vivía en esta gran urbe. Mi amiga Rikako me mostró la congestionada y espectacular Shibuya en el centro de la ciudad, realmente loco, la cantidad de personas que transita por ahí es impresionante.​

Gracias a ella pude conocer templos y aprender mas del día a día la cultura japonesa, fue una experiencia que quizá no hubiese podido alcanzar estando solo.​

Esa misma noche y luego de cenar en un lugar súper tradicional, fuimos a uno de los edificios más altos de Japón desde donde se puede ver toda la ciudad. Luego de un día agotador (casi todo lo hicimos caminando) fue momento de despedirnos, estaba un poco triste pero muy agradecido por el tiempo que vivimos.​

Al día siguiente, conocí más a profundidad Asakusa, una de las razones por las que visité este distrito, es que en ese lugar existe un complejo de templos muy bonitos y tradicionales, que es como un oasis dentro de la modernidad. Estos templos son muy concurridos por gente local que llega a hacer sus ofrendas. Pase todo el día allí entre templos y calles, tan solo disfrutando de la rutina de los japoneses y aprendiendo sus costumbres.

Tenía pensado visitar el monte Fuji, pero lamentablemente el día que planee ir fue feriado y ya no había tickets disponibles para visitar la montaña, fue una gran decepción estar en Japón y no poder conocer uno de sus emblemas más importantes, fue mi error no pensar en ello con anticipación pero es parte de la experiencia que nos hace ser mejores viajeros.

Luego de unos días, era tiempo de volver a empacar y dejar Japón, me quedé enamorado de este gran país, su cultura del orden, de respeto hacia los demás y de su fuerte identidad que le da su historia. ​

La hermosa ciudad de Nara, el hecho de no haber podido visitar el Monte Fuji y la cultura japonesa en general, me hicieron decirme que Japón sería uno de los países a los cuales tendría que regresar algún día.

Cada viaje me enseña mucho y Japón me enseñó que la historia nos identifica, nos hace únicos en el mundo. Los peruanos tenemos demasiada historia como para olvidarnos de dónde venimos, y es así que debemos sentirnos orgullosos de nuestros antepasados y de la gente en los andes que aún preserva su legado.​


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